La vida cotidiana, llena de actualizaciones inutiles. Como si frente al espejo, a punto de lavarnos los dientes, se escuchara de pronto: “Su cepillo ha caducado. Reemplácelo antes de lavarse. No tape el dentífrico”.
“Configurando las actualizaciones de Windows. 30 por ciento completado. No apague el equipo”. El cartelito, que cada tanto aparece solo en la pantalla de la notebook interrumpiendo mi trabajo o mi diversión –cada vez más indiferenciados–, es tan misterioso como amenazante: ¿qué pasa si apago el equipo? Jamás he notado ninguna mejora posterior a ninguna actualización de ningún programa. ¿Qué diablos son entonces las actualizaciones? ¿Por qué tengo que dedicarme a otra cosa o quedarme con la vista fija en el maldito relojito de arena?




Cultura
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